sábado, 16 de agosto de 2014

El Bulbasaur Explorador I


Ese día estaba nublado, ya debería haber salido el sol hace un buen rato, pero parecía que no estaba dispuesto a salir, tal vez estaba triste, aún así, Bulbasaur decidió salir del gran árbol. Bulbasaur vivía junto a siete hermanos y cuatro hermanas. A algunos ya se les había abierto el bulbo de la espalda y tenían un capullo rosado, eso significaba que ya estaban preparados para alejarse cuanto quisieran de casa, aún así ninguno se atrevía a hacerlo solo. Cuanta envidia les tenía, Bulbasaur era el más pequeño de los hermanos, aún le quedaba mucho para florecer. Pero ya le encantaba salir a explorar ese bosque que les rodeaba, eso sí, sin que mamá se enterase.

Oyó un rugido, giró la cabeza con una sonrisa y allí estaba, tan grande y fuerte como siempre. Los Venusaur ya habían madurado del todo, la flor se les había abierto y olían maravillosamente, pero mamá era especial. A ella se le acercaban muchos pokémon de tipo bicho, más que a los demás, desde el Caterpie más tímido al Beedrill más feroz, a todos les encantaba su olor. Corrió hacia ella y le rozo el hocico con el suyo. Tenía hambre y ella traía la comida, sacó sus látigos y los usó para dejar en el suelo toda la comida que llevaba en la espalda, protegida con las hojas. Sintió como el suelo empezaba a temblar, por un momento se asustó de que fuera algún pokémon agresivo, incluso mamá se puso en alerta, y de repente, salieron todos sus hermanos del gran árbol, corriendo para ir a comer.

Bulbasaur sabía que si no se daba prisa se quedaría sin comer, era el más pequeño y sus hermanos sólo se preocupaban de poder comer tanto como les permitieran sus estómagos. Así que sacó sus látigos, agarró una cuantas bayas y se las llevó, lejos del gran árbol. Quería estar solo. Siempre se había sentido despreciado por sus hermanos, por ser el más pequeño y débil de todos. Además tenía ganas de explorar un poco. Había cogido tres bayas aranja y dos bayas frambu, aquellas últimas eran sus favoritas, con un toque picante y seco. Estaba comiendo tranquilamente, sentado en una roca cerca del río, el sonido del agua le reconfortaba. Sentía la suave brisa en la cara, cerró los ojos y disfrutó de la soledad, pasaron unos minutos hasta quedarse dormido, cuando un ruido hizo que se despertara, vio que algo se acercaba detrás de unos arbustos, una sombra enorme y terrorífica.

Alzó la vista, y allí estaba, con sus enormes cuernos, esa piel rojiza y unos ojos que parecían dos soles del medio día. Ya le había visto antes, mamá luchó con él una vez para proteger su casa. Era incluso más alto que mamá. Bulbasaur, aterrorizado. Caminó lentamente hacia atrás, sin apartar la vista de esa bestia. El Scolipede gritó de una manera que hizo que se sintiera indefenso, que le dolieran las orejas y supo que era el momento, huir o perecer a manos de eso. Estaba solo, sus hermanos estarían jugando cerca del gran árbol gigante y mamá. "Oh mamá" pensó, "cuanto lo siento, debería haberme quedado cerca, sabía que alejarse tanto de casa era peligroso, pero soy un explorador, no me gusta quedarme tanto
Ilustración propia
tiempo en un mismo sitio, necesito ver cosas nuevas de vez en cuando." Empezó a correr, por encima de las rocas de la orilla del río, el Scolipede era demasiado grande para correr por allí así que le llevaba ventaja. Bulbasaur podía ser débil, pero era ágil, más que sus hermanos, y esas rocas ya se las conocía. Había pasado por allí centenares de veces. Pese a eso, el Scolipede era veloz, demasiado veloz, le pisaba los talones y si intentaba meterse en el bosque estaría perdido. 

Bulbasaur estaba tan concentrado en huir que no se dio cuenta de la caída, intentó frenar pero resbaló con el moho de la piedra y cayó. Vio al Scolipede en el borde del precipicio, chillando. Cerró los ojos y siguió cayendo. Entonces un montón de agua le cubrió el cuerpo, abrió los ojos y estaba en el río, pero no podía respirar, así que intento nadar hacia el exterior, tenía la boca llena de agua, las orejas taponadas y sentía que no podía moverse. La vista se le empezaba a nublar, eso era su final, o eso pensaba porque sin que se diera cuenta estaba yendo hacia la superficie, algo le empujaba. Cuando por fin consiguió salir, se agarró a un tronco que había allí e intentó recuperar fuerzas, respiró hondo, pero en vez de eso vomitó agua. Cuando la hubo sacado toda respiró, miró en el agua, pero no había nada, ¿habría sido su imaginación? Finalmente, con las fuerzas que le quedaban salió del río y miró hacia arriba; "una cascada" pensó mientras observaba la larga caída, aunque mientras caía le había parecido mil veces más alta. 

Se tumbó en el suelo, aliviado pero agotado. Segundos después le empezó a rugir el estómago, y se dio cuenta del hambre que tenía. No se había comido todas las bayas, se había dormido antes de comerse las dos que le faltaban, sus favoritas, y entonces apareció esa bestia entre los matorrales. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar esos ojos brillantes. Sin saber muy bien qué hacer, se dirigió hacia el bosque, pero estaba perdido. Ese bosque era totalmente diferente del que conocía. Era oscuro, los árboles eran altos y retorcidos, tenían unas hojas verdes y oscuras. Le parecía muy raro, en el bosque dónde vivía en aquella época las hojas eran del color del fuego, colores cálidos, y caían al suelo constantemente, y pese a sus colores significaba que se acercaba el frío, y la nieve. La única manera de volver era siguiendo el río hasta volver al lugar dónde estaban sus bayas, pero tenía que buscar la manera de subir por ese precipicio.

2 comentarios:

  1. Cuentas historias muy interesantes y divertidas. Se las leo a mi hijo por la noche y le gustan mucho. Gracias por tu tiempo.

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  2. Historias muy interesantes, a mis alumnos les encantan, Gracias por tu dedicación.

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