sábado, 25 de octubre de 2014

Perdido en las Montañas II


Para @SrPICHAku

La lluvia caía suave y cálida. Medicham miraba fijamente a su adversario, Axew a su lado no se atrevía a pestañear por si se perdía algo. De repente cayó un rayo a lo lejos, lo que hizo sobresaltar a su compañero, aunque Medicham no se había dado ni cuenta. Se abalanzó sobre su oponente a mucha velocidad y asestó un puñetazo del que salieron chispas. El rival cayó al suelo y Medicham aprovechó para cogerlo, lanzarlo por los aires y asestarle otro golpe, esta vez había saltado por encima de su oponente y le había dado una patada que lo hizo volver al suelo con fuerza. Medicham cayó con suavidad sobre sus pies. Se acercó y devolvió el muñeco a su posición.

Puño trueno y Patada salto alto. —Dijo Medicham, pero Axew la miró extrañado sin decir nada —Son los movimientos que he usado—. Dijo ella, devolviendo la mirada a Axew. —Sé que son movimientos que no puedes usar pero quédate con la estrategia. Tú y yo somos Pokémon muy diferentes Axew, puedo enseñarte a luchar, pero tienes que buscar tu propio estilo de combate—. Axew se quedó mirando al muñeco que hizo Medicham con un tronco de un árbol—. Lo... entiendo. Tengo que ser rápido, atacar antes de que se dé cuenta y rematar en el aire —. Medicham sonrió y cogió al muñeco. —Volvamos, estamos empapados.

Una vez en la cueva Medicham y Axew juntaron unas ramas y con pedernal encendieron una pequeña hoguera para calentarse. Hacía unas cuantas semanas que Medicham había acogido a Axew pero seguía sin saber nada de él, a su parecer ni el pequeño dragón lo sabía. Había intentado todo lo posible para que recuperara la memoria pero no tuvo éxito. Aun así, por algún motivo Medicham confiaba en él, quizá era demasiado confiada últimamente, pero no podía dejar a ese pequeño abandonado. Aún tenían de caer las hojas de los árboles pero pronto empezaría la época fría. Y con lo sensibles que son los dragones al frío no sobreviviría ni una quincena.

— ¿Crees que va a dejar de llover pronto? —Preguntó Axew mientras acercaba las patas delanteras a la hoguera. —Nunca me ha gustado la lluvia, hace frío y no se puede estar en el exterior —. Medicham notó tristeza en la voz de Axew, pero ella sabía que no estaba así por la lluvia, tenía que distraerlo. — ¿Te he contado alguna vez mi expedición a las cataratas que hay al oeste? —Axew negó con la cabeza y se apoyó en una roca mirándola con interés.

—Aún era un Meditite para aquel entonces —. Empezó Medicham. — Era una inexperta en todo, no tenía ni idea de defenderme ni de qué tenía que hacer para sobrevivir. Ni siquiera sabía usar mis poderes psíquicos correctamente. Pero era muy curiosa y una vez escuché a un par de Pokémon hablando sobre una cueva misteriosa detrás de unas cataratas. No sabía qué había pero tenía tanta curiosidad que tuve que ir. Así que a la mañana siguiente me dirigí hacia allí, el camino fue largo, aunque por suerte no me encontré con ningún Pokémon agresivo, ese bosque era bastante tranquilo en aquella época. La mayoría de Pokémon voladores habían emigrado más al sur porque empezaba a hacer frío, como ahora, y otros como Ursaring ya estaban hibernando.

Cuando llegué a las cataratas, no sabía qué hacer, eran tan altas y el agua caía con tanta fuerza… Tenía miedo de que me hiciera daño atravesándolas. Así que me senté en una roca delante del agua e intenté pensar una forma de entrar. Ni siquiera sabía si había una cueva de verdad, podría estar a punto de arriesgar mi vida por nada. Hasta que decidí que tenía que saberlo. Tenía que saber si había algo ahí atrás y si lo había, tenía que ver lo que era. Así que me levanté, cogí carrerilla y empecé a correr hacia las cataratas. Cada paso que daba hacía que tuviera más miedo, estaba aterrada pero no podía parar. Y justo al final de la roca cerré los ojos y salté.

Axew tragó saliva y se quedó mirando a Medicham expectante. — ¿Y qué pasó? ¿Había una cueva? — Medicham sonrió y continuó contando la historia. — ¿Tú qué crees? Si hubiese habido una pared de rocas lo más probable es que ahora no estuviera aquí. Sí… había una cueva, pero no una cueva cualquiera. Era la cueva más bonita que había visto nunca, el techo era tan alto como la cascada, el río pasaba por encima de la cueva así que caían algunas gotas del techo. Con el paso del tiempo toda esa agua se había juntado para formar un pequeño lago dentro de la cueva. Un lago que brillaba con todos los colores del arcoíris porque cuando el sol estaba es la posición correcta, la luz traspasaba el agua que hacía de puerta y creaba un arcoíris que pasaba por toda la cueva. Dentro no había más que el sonido del agua cayendo. Ahí es dónde me di cuenta de que quería ser mejor, para poder explorar muchos más lugares como ese. Me pasé días y días, incluso meses entrenando en esa cueva, practiqué mis poderes tanto psíquicos como físicos.

Hasta que un día fui lo suficiente fuerte como para evolucionar. Pero era tal la belleza de ese lugar que no quería irme y eso empezaba a ser un problema. Así que un día, me convencí y le dije adiós para no volver. Me sentía afortunada de haber presenciado ese sitio pero hay muchos más sitios que quiero descubrir. —Medicham se quedó mirando las brasas que quedaban en la hoguera, melancólica. —Decidido. —Dijo Axew a la vez que se levantaba —. Voy a acompañarte, yo también quiero ver estos sitios tan maravillosos, además tú me puedes enseñar a luchar, hasta ahora has sido una gran maestra. —Medicham se quedó desconcertada —. Pensaba que querías recuperar la memoria Axew, aunque como quieras. Será un placer tenerte de compañero. —Axew sonrió alegremente y se dirigió a la salida de la cueva —. Yo… no es que me importe recuperar la memoria, ahora yo estoy feliz contigo, y presiento que vamos a ser buenos amigos. Además no sabemos cómo podría recuperar la memoria. Es mejor no preocuparse por eso ahora. — Medicham sonrió y se puso a su lado —. Ya está parando de llover.

viernes, 3 de octubre de 2014

El Oscuro Viajero


Imagen sacada de http://all0412.deviantart.com/

Vuela —. Susurró el hombre viejo, mientras lo lanzaba por los aires. Murkrow batió las alas y empezó a volar entre la oscuridad. La noche era oscura, no se veían las estrellas aunque la luna estaba enorme. Pero Murkrow tenía muy buena vista, sobretodo en la oscuridad. El bosque del norte estaba como siempre, silencioso y tranquilo, aún así alzó el vuelo para pasar por encima de los árboles, el hombre viejo le había dado de comer antes de despedirlo, por lo que no tendría que cazar. Observó el bosque desde arriba maravillado, no sabía por qué pero le fascinaba. Por muchas veces que lo viera, ese bosque tenía un encanto especial.

Rápidamente encontró una corriente de aire caliente, se metió en ella y se dejó llevar. Esa noche era más fría que las demás, tuvo mucha suerte. Gracias a la corriente Murkrow volaba mucho más rápido y sin ni siquiera esforzarse. No tardaría mucho en llegar al castillo del norte esa noche, a no ser que se pusiera a llover. El cielo tenía alguna nube pero el aire era seco, ni siquiera había niebla, no parecía que tuviera que llover en mucho tiempo. Entonces Murkrow se fijó que a lo lejos había una sombra con alas que se acercaba a mucha velocidad. No parecía que fuera por casualidad que la sombra se dirigiera directamente a él. Murkrow ya estaba acostumbrado, a esas horas habían muchos Zubat revoloteando por el bosque y siempre había alguno más valiente que se atrevía a atacarlo.
Ilustración propia

La silueta del pokémon cada vez era más grande y estaba más cerca. Murkrow salió de la corriente de aire y dejó de avanzar para situarse a la misma altura del otro pokémon. Para entonces ya tenía al otro pokémon encima, Murkrow hizo un gesto para esquivar el golpe y se giró para lanzarse hacia él para azotarle con el ala dura como el acero, pero falló. La nube que hasta ese momento había estado ocultando la luna decidió moverse y con la luz lunar pudo ver al enemigo, no era un Zubat, sino un Golbat. No sabía si iba a estar preparado para luchar contra un Pokémon como ese. Él había sido entrenado para viajar de un castillo a otro para entregar mensajes, no para luchar, aun así a veces era necesario.

Los Pokémon estaban a unos metros de distancia uno del otro, y a bastantes más del suelo. Ambos se quedaron mirando los ojos del rival hasta que Golbat gritó de una forma que hizo que Murkrow se estremeciera, pero si no aprovechaba ese momento podría perder. Así que voló directo hacia el Pokémon enemigo y le asestó un golpe con el pico, esta vez no falló y el golpe hizo que Golbat se balanceara. El enemigo enfurecido atacó con las fauces tan abiertas que daban miedo, pero Murkrow dejó de batir las alas y cayó, esquivando el ataque. Ahora que lo tenía encima tal vez parecía que tenía desventaja pero aprovechó cuando se abalanzó sobre él para esquivarlo por el lado y desgarrar una de sus alas con las garras.

Golbat parecía agotado, el golpe que le había dado con el pico había sido más potente de lo que le había parecido. Pero entonces Murkrow sintió como unos colmillos se le hundían en la carne del cuello. Se giró y vio que había otro Pokémon, otro Golbat, de sus colmillos afilados no goteaba su sangre sino un líquido morado. "Veneno." Pensó. Murkrow empezó a marearse y a sentirse más débil. La sangre le hervía en las venas y parecía que la cabeza le tuviera que explotar. En ese estado no podía seguir luchando.

Entonces la vio. Una pequeña luz naranja parpadeaba al otro lado del bosque. Tenía que ser el castillo, parecía que con la corriente a su favor había avanzado mucho más rápido de lo que pensaba. Pero una ala le falló y Murkrow empezó a caer, con las fuerzas que le quedaban se agarró de la rama de un árbol. —Tengo que llegar al castillo como sea, de lo contrario estoy muerto —. Oyó otro grito estremecedor y miró hacia arriba, había tres Zubat a parte de los Golbat de antes, y todos se dirigían hacia él.

Murkrow batió las alas pero cuando estaba a unos metros volvió a caer. El veneno le debilitaba mucho y no parecía que pudiera volar. Así que volvió a posarse en la rama y con las fuerzas que le quedaban saltó de rama en rama impulsándose con las alas. No había rastro de los Pokémon salvajes, quizá no les gustara entrar en el bosque. Aprovechándose de eso siguió saltando. A lo lejos vio un Hoothoot, aunque no parecía agresivo, tan solo estaba en un agujero de un árbol observando todo lo que ocurría con sus enormes ojos.

Finalmente llegó al final del bosque, solo quedaban unos pocos metros para llegar al castillo, aunque la torre dónde tenía que ir era la más alta. Ahí parado lo único que conseguiría era morir envenenado, así que cerró los ojos, respiró hondo y empezó a batir las alas. Un calambre le recorrió el muslo, pero siguió batiendo las alas, ahí ya no había árboles y estaba a una altura lo suficientemente alta para quitarse la vida en caso de que cayera. Le dio otro calambre y ahora ya no solo la pata, sino todo el cuerpo le dolía, cada segundo era un infierno y el castillo parecía no llegar nunca.

Tras unos dolorosos minutos finalmente llegó al castillo, se puso en la ventana y gritó varias veces. Pasaron uno minutos pero no contestaba nadie, y Murkrow cada vez tenía la vista más borrosa. Ahí no había nadie más que unos Murkrow y Pidove durmiendo y el dolor era insoportable. Murkrow ya agotado y dolorido no pudo aguantar más así que se dejó caer al suelo. Pocos segundos después se abrió la puerta y entró alguien en la torre, lo último que oyó antes de desmayarse fue: “...veneno... espero poder salvarlo...”

lunes, 18 de agosto de 2014

Perdido en las Montañas I



La cueva estaba muy oscura, Axew no veía nada y se intentó levantar. Un calambre que le recorrió la pierna hizo que cayera de rodillas. Cerró los ojos y lo volvió a intentar, esta vez sujetándose contra la roca. Le dolía todo el cuerpo, pero no recordaba nada. “¿Qué ha pasado?” se preguntó, “¿Qué es esta cueva? ¿Y por qué me duele todo el cuerpo?”. Axew no recordaba nada, era como si le hubieran borrado la memoria, y tal vez lo hubieran hecho. Agarrándose bien a la roca, caminó hacia el exterior de la cueva. Cada paso que daba era como si le clavaran un millar de agujas ardientes. Después de lo que le pareció un interminable camino llego al exterior y se dejó caer al suelo. 

Alzó la vista hacia el cielo. Era de noche, las estrellas brillaban y no había ni una sola nube. La luna estaba más hermosa que nunca, redonda y brillante, parecía un ojo que le observaba desde el infinito. —Qué bonito —dijo en voz alta, si hablaba en voz alta no se sentía tan solo. Al bajar la vista vio todas las heridas que tenía, no lo había visto hasta ahora, dentro de la cueva estaba demasiado oscuro. Tenía un corte que parecía bastante profundo en la pierna, le dolía con solo mirarlo, aunque la sangre de la herida ya se había secado. Tenía un moratón en la cara, no se lo había visto, pero notaba el dolor con sólo tocarlo. También le dolía el estómago, aunque no sabía si le dolía más del golpe o del hambre que tenía. 

Ahora que la vista se había acostumbrado a la oscuridad de la noche empezaba a ver formas, y lo que vio fue un árbol de bayas. Se levantó con todas sus fuerzas para ir hacia allí pero otro calambre le recorrió la pierna y cayó. Esta vez no tuvo fuerzas para parar la caída y se dio un golpe contra el suelo, se quedó sin fuerzas, así que cerró los ojos y se durmió al instante. 

Soñó que le salían unas alas azules como el cielo matutino. Y volaba. Se alzaba en el aire hasta dónde vivían las nubes, y más lejos aún, se acercó tanto a la luna que la podía acariciar con la mano. Pero quería seguir volando, más allá donde tan solo las estrellas lo podían ver. Se sentía libre, podía ir dónde quisiera. Pero de repente las alas desaparecieron. Y cayó, vio las estrellas que cada vez se hacían más pequeñas, la luna volvía a tener el tamaño de una baya y el suelo cada vez estaba más cerca. —Axew —. Una voz le llamó una y otra vez. —Axew —. La oía tan cerca que parecía que la voz la tuviera dentro de la cabeza. Pero seguía cayendo. —Axew —seguía repitiendo. Cuando ya solo faltaban unos pocos pies para llegar al suelo cerró los ojos. Y se despertó. 

Volvía a estar dentro de la cueva, aunque la luz del amanecer empezaba a iluminarla. Estaba sudando, seguramente por culpa de la pesadilla. Se puso de pie, las piernas ya no le dolían tanto como antes. Entonces se fijó en ella. Una sombra estaba a su lado, flotando con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Axew se acercó. —P-Perdona —. Los ojos del Pokémon se abrieron de par en par y cayó al suelo. Axew se sobresaltó y cuando intentó apartarse también cayó. El Pokémon desconocido se levantó con agilidad y le tendió la mano a Axew. Con cierta desconfianza, Axew también le ofreció la suya y se levantó con su ayuda. —Me llamo Medicham, y tú eres Axew, ¿verdad? Te he oído decirlo en sueños—. Axew asintió. —Perdona si te he asustado, hace unos días te encontré inconsciente y tenías heridas muy graves, no sé mucho sobre heridas pero hice lo que pude para parar la hemorragia. ¿Qué te ocurrió? —. Axew no entendía nada, y pensar en ello le daba dolor de cabeza, tenía demasiada hambre para ponerse a pensar en todo aquello. —No... No lo recuerdo —. Acto seguido, Axew cayó de bruces al suelo. Medicham lo sostuvo como pudo. —¡Oye! ¿Estás bien? Debes de tener hambre, espera, te traeré algo de comida. Medicham se fue corriendo. 

Ilustración de @JoffreyLann

Unos minutos después Medicham volvió, aunque a Axew le habían parecido horas. Venía cargada de bayas, debían de ser del árbol que vio la noche anterior. Se las dejó en el suelo y se sentó a su lado. Axew cogió una y fue a abrirla con su colmillo izquierdo pero se dio cuenta de que lo tenía roto. Eso no le preocupaba, a los de su especie cuando se les rompía un colmillo les volvía a salir en poco tiempo, es más, volvía a salir más fuerte y resistente. Al final abrió la baya con el otro colmillo, que aún estaba entero. Cuando finalmente dio el primer mordisco notó el sabor dulce de la baya, debía de ser una baya zidra, normalmente eran más duras por lo que esas debían de ser bastante maduras. Mejor, Axew no estaba del todo recuperado y no podría hacer muchos más esfuerzos. 

Sin darse cuenta se comió todas y cada una de las bayas, hasta Medicham se quedó impresionado de que un Pokémon tan pequeño como Axew se hubiera comido tal cantidad de bayas. Pero él estaba feliz, se había llenado hasta arriba y además ya se sentía mucho mejor. Aunque... —Perdona si insisto Axew, pero tengo curiosidad, ¿qué te ocurrió para que acabaras tan malherido? —Aun que quisiera no podría decírselo. No recordaba nada de nada, ni siquiera dónde vivía, si tenía familia o amigos... Aunque por algún motivo sí recordaba su nombre. —No... No lo sé. No me acuerdo, lo he olvidado todo —. Medicham hizo una mueca a la vez que juntaba unas cuantas ramas que había traído junto con las bayas —. No te preocupes, quédate conmigo en estas montañas durante un tiempo, hasta que recuperes la memoria y descubramos quién eres y que te pasó —. Axew asintió con una sonrisa apenada.

domingo, 17 de agosto de 2014

La Dama y el Farolillo


Para @arcianotresojos y @Dalt_Enfurecido

Te traigo otro, pequeño —dijo la chica de pelo plateado —. Espero que te guste, es un chico joven. Debes estar harto de alimentarte de viejos cansados. Está en la entrada —. La chica bajó las escaleras y se fue. Lampent no sabía muy bien por qué le ayudaba, Casandra apareció hace dos años y desde entonces le trajo un humano cada semana para que él y sus amigos se pudieran alimentar. Además esa chica tenía algo especial, más de una vez habían intentado alimentarse de su energía vital, pero no podían, básicamente porque no tenía. De todos modos, Lampent fue a buscar a los Litwick.

Estaban todos juntos en una habitación que parecía haber pertenecido a un bebé tiempo atrás. Les hizo una señal y se dirigieron todos juntos hacia la entrada. Allí estaba el chico, tal como le había dicho Casandra, inmóvil, con la mirada fija en un punto invisible, como siempre, como todos los que traía. Lampent se acercó a él, lo tocó con una de sus extremidades y los Litwick empezaron a rodearlo haciendo un círculo. El chico cada vez estaba más pálido, las piernas le fallaban y respiraba profundamente como si se estuviera ahogando, pero seguía allí, sin moverse. Cuando terminaron, el chico cayó al suelo y los Litwick se marcharon para volver a la habitación. El chico inerte, tenía los ojos abiertos con la mirada perdida, parecía muerto pero seguía respirando. Casandra, que apareció de la nada, lo cogió de las piernas y se lo llevó al sótano, como siempre, como todos los que traía.

Y aunque podía parecer una chica extraña, Lampent le tenía cariño, mucho cariño. Cuando era un pequeño Litwick tenía un entrenador, un chico llamado Damián. Se querían mucho, eran muy buenos amigos, y no paraban de ganar combates. Pero un día empezaron a perder, y el amor de Damián cada día se parecía más al desprecio. Finalmente lo abandonó, le dejó en un almacén, le dijo que volvería y Litwick le creyó, pero el tiempo pasó y el chico no cumplió su palabra. Se pasó días y días esperándolo, cada día que pasaba hacía que su llama se debilitara más y más, pero él creía en su entrenador, no quería irse ¿y si volvía cuando ya no estuviera? Pensaría que era desleal, que nunca fue un buen Pokémon. Así que se quedó, esperándolo.

Un día lluvioso, Litwick estaba tan débil que pensaba que no sobreviviría, cuando Casandra apareció. Entró, lo cogió en brazos y tapándolo con una manta se lo llevó a su nuevo hogar. Nunca supo como sabía que Litwick estaba allí ni por qué sabía lo que pasó con Damián. Pero allí le curó y le trató bien. Cuando estuvo recuperado quiso volver al almacén por si Damián volvía. Así que Casandra le sujetó le miró a los ojos y le dijo la verdad, que Damián no volvería, que no lo quería porqué era débil. Eso lo sabía desde hace mucho tiempo, pero no quería creérselo, habían estado tan unidos... y al final sólo le quería por su fuerza. Desde ese día Lampent se propuso hacerse fuerte y llegar a ser un Chandelure, para que si algún día volvía a encontrarse con Damián, poder absorberle el alma y enviarlo al Inframundo.

Después de alimentarse de toda esa energía, la llama de Lampent volvió a estar tan viva como siempre. Hacía tiempo que no se sentía tan poderoso, la vitalidad de un humano joven era mucho más poderosa que la de los viejos. De hecho, se podría decir que era el más poderoso del grupo, hasta ahora era el único que había absorbido suficiente energía como para poder evolucionar a Lampent. Aunque en esa mansión abandonada, no solo vivían ellos, había otros Pokémon, aunque como no se llevaban muy bien no acostumbraban a juntarse.

Cuando Casandra volvió le hizo una señal. —Ven —le dijo — quiero, enseñarte algo —. La siguió, nunca había bajado al sótano, ¿para qué?, allí no hay nada, lo bueno está arriba, en los muebles que una vez tuvieron dueños, de ellos se podía sacar la poca energía que habían dejado, la suficiente para pasar la semana hasta que Casandra trajera a otro humano.

Bajaron por unas escaleras que parecían eternas. —¿Sabes qué? Pronto es nuestro cumpleaños, mañana cumpliremos dos años desde que te encontré en ese almacén —. Dijo Casandra, sonriendo. Muy pocas veces sonreía, y cuando lo hacía parecía más humana. —Tengo un regalo para ti —siguió —no puedo esperar a dártelo. Estoy segura que te hará ilusión. No sé si sabes lo que es, ni lo que hace. Ya te lo contaré a su debido tiempo... Oh, aquí empieza a estar más oscuro, me temo que ni tu luz puede iluminar el camino... ¿puedes usar Fuego Fatuo? —Lampent siempre servicial con su salvadora, empezó a escupir llamas azules que empezaron a recorrer todo el pasillo, y con eso todo quedó iluminado. Casandra le miró y volvió a sonreír. Se giró y aceleró el paso, Lampent la siguió. Era un pasillo largo, lleno de puertas, parecía un laberinto. Las puertas tenían unos dibujos extraños que Lampent desconocía, un palo, dos palos, dos palos cruzados... debían de significar algo porque Casandra se los miraba todos.

Finalmente Casandra se paró delante de una puerta. Aunque esa puerta no tenía ningún dibujo. —¡Aquí está! —exclamó. Sacó una llave del pantalón y la metió en el agujero de la puerta, la giró y se abrió. Pero dentro no había nada, nada excepto una caja en el fondo y que parecía sellada.

—Tu regalo está aquí dentro —. Casandra metió una llave en el candando del baúl. Lo abrió y sacó un objeto envuelto por un trapo de seda como el carbón. —Aquí está tu regalo —dijo mientras lo desenvolvía. Cuando lo hubo descubierto, vio ese objeto, era una piedra negra como la propia oscuridad, una Piedra Noche.

sábado, 16 de agosto de 2014

El Bulbasaur Explorador I


Ese día estaba nublado, ya debería haber salido el sol hace un buen rato, pero parecía que no estaba dispuesto a salir, tal vez estaba triste, aún así, Bulbasaur decidió salir del gran árbol. Bulbasaur vivía junto a siete hermanos y cuatro hermanas. A algunos ya se les había abierto el bulbo de la espalda y tenían un capullo rosado, eso significaba que ya estaban preparados para alejarse cuanto quisieran de casa, aún así ninguno se atrevía a hacerlo solo. Cuanta envidia les tenía, Bulbasaur era el más pequeño de los hermanos, aún le quedaba mucho para florecer. Pero ya le encantaba salir a explorar ese bosque que les rodeaba, eso sí, sin que mamá se enterase.

Oyó un rugido, giró la cabeza con una sonrisa y allí estaba, tan grande y fuerte como siempre. Los Venusaur ya habían madurado del todo, la flor se les había abierto y olían maravillosamente, pero mamá era especial. A ella se le acercaban muchos pokémon de tipo bicho, más que a los demás, desde el Caterpie más tímido al Beedrill más feroz, a todos les encantaba su olor. Corrió hacia ella y le rozo el hocico con el suyo. Tenía hambre y ella traía la comida, sacó sus látigos y los usó para dejar en el suelo toda la comida que llevaba en la espalda, protegida con las hojas. Sintió como el suelo empezaba a temblar, por un momento se asustó de que fuera algún pokémon agresivo, incluso mamá se puso en alerta, y de repente, salieron todos sus hermanos del gran árbol, corriendo para ir a comer.

Bulbasaur sabía que si no se daba prisa se quedaría sin comer, era el más pequeño y sus hermanos sólo se preocupaban de poder comer tanto como les permitieran sus estómagos. Así que sacó sus látigos, agarró una cuantas bayas y se las llevó, lejos del gran árbol. Quería estar solo. Siempre se había sentido despreciado por sus hermanos, por ser el más pequeño y débil de todos. Además tenía ganas de explorar un poco. Había cogido tres bayas aranja y dos bayas frambu, aquellas últimas eran sus favoritas, con un toque picante y seco. Estaba comiendo tranquilamente, sentado en una roca cerca del río, el sonido del agua le reconfortaba. Sentía la suave brisa en la cara, cerró los ojos y disfrutó de la soledad, pasaron unos minutos hasta quedarse dormido, cuando un ruido hizo que se despertara, vio que algo se acercaba detrás de unos arbustos, una sombra enorme y terrorífica.

Alzó la vista, y allí estaba, con sus enormes cuernos, esa piel rojiza y unos ojos que parecían dos soles del medio día. Ya le había visto antes, mamá luchó con él una vez para proteger su casa. Era incluso más alto que mamá. Bulbasaur, aterrorizado. Caminó lentamente hacia atrás, sin apartar la vista de esa bestia. El Scolipede gritó de una manera que hizo que se sintiera indefenso, que le dolieran las orejas y supo que era el momento, huir o perecer a manos de eso. Estaba solo, sus hermanos estarían jugando cerca del gran árbol gigante y mamá. "Oh mamá" pensó, "cuanto lo siento, debería haberme quedado cerca, sabía que alejarse tanto de casa era peligroso, pero soy un explorador, no me gusta quedarme tanto
Ilustración propia
tiempo en un mismo sitio, necesito ver cosas nuevas de vez en cuando." Empezó a correr, por encima de las rocas de la orilla del río, el Scolipede era demasiado grande para correr por allí así que le llevaba ventaja. Bulbasaur podía ser débil, pero era ágil, más que sus hermanos, y esas rocas ya se las conocía. Había pasado por allí centenares de veces. Pese a eso, el Scolipede era veloz, demasiado veloz, le pisaba los talones y si intentaba meterse en el bosque estaría perdido. 

Bulbasaur estaba tan concentrado en huir que no se dio cuenta de la caída, intentó frenar pero resbaló con el moho de la piedra y cayó. Vio al Scolipede en el borde del precipicio, chillando. Cerró los ojos y siguió cayendo. Entonces un montón de agua le cubrió el cuerpo, abrió los ojos y estaba en el río, pero no podía respirar, así que intento nadar hacia el exterior, tenía la boca llena de agua, las orejas taponadas y sentía que no podía moverse. La vista se le empezaba a nublar, eso era su final, o eso pensaba porque sin que se diera cuenta estaba yendo hacia la superficie, algo le empujaba. Cuando por fin consiguió salir, se agarró a un tronco que había allí e intentó recuperar fuerzas, respiró hondo, pero en vez de eso vomitó agua. Cuando la hubo sacado toda respiró, miró en el agua, pero no había nada, ¿habría sido su imaginación? Finalmente, con las fuerzas que le quedaban salió del río y miró hacia arriba; "una cascada" pensó mientras observaba la larga caída, aunque mientras caía le había parecido mil veces más alta. 

Se tumbó en el suelo, aliviado pero agotado. Segundos después le empezó a rugir el estómago, y se dio cuenta del hambre que tenía. No se había comido todas las bayas, se había dormido antes de comerse las dos que le faltaban, sus favoritas, y entonces apareció esa bestia entre los matorrales. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar esos ojos brillantes. Sin saber muy bien qué hacer, se dirigió hacia el bosque, pero estaba perdido. Ese bosque era totalmente diferente del que conocía. Era oscuro, los árboles eran altos y retorcidos, tenían unas hojas verdes y oscuras. Le parecía muy raro, en el bosque dónde vivía en aquella época las hojas eran del color del fuego, colores cálidos, y caían al suelo constantemente, y pese a sus colores significaba que se acercaba el frío, y la nieve. La única manera de volver era siguiendo el río hasta volver al lugar dónde estaban sus bayas, pero tenía que buscar la manera de subir por ese precipicio.